Aquí te dejo esta imagen. ¿Qué buscará en ese lugar nuestro protagonista? La decisión es tuya mi amor.
Muuuak!
Después de horas vagando por el dédalo Icaria llegó al centro del laberinto. Muy pocos lo habían conseguido.
Jamás se hubiera adentrado en el laberinto de no ser por la gran promesa que albergaba: cualquiera que saliese vivo de él tenía derecho a gobernar Yrandel. Así es como elegian a sus líderes, pues consideraban que debían ser fuertes y astutos y el dédalo era la mayor de las pruebas.
Aunque era solo una niña, Icaria tenía grandes ideas para hacer crecer a su pueblo y destronar al tirano que tenía sometida y atemorizada a toda la población. Azazel.
Azazel era un bárbaro, había conseguido salir del laberinto gracias a su fuerza bruta, pues había creado un tunel, derrumbando las paredes con sus manos, que cruzaba todo el dédalo. No obstante, los sabios interpretaron eso como una gran astucia y le dieron acceso al poder.
Desde que había ascendido al poder, Azazel únicamente había creado conflictos con los pueblos vecinos y llevado a Yrandel a múltiples guerras que habian acabado con muchos de los habitantes de Yrandel, entre ellos el padre y el hermano mayor de Icaria. Fue cuando murieron que Icaria se decidió a entrar al dédalo para poner fin a las barbaries de Azazel.
Había estado horas vagando por el dédalo antes de llegar al centro, aunque largo, el camino había resultado sencillo. Icaria era muy curiosa y un día en uno de los laberintos de maiz del pueblo descubrió que si apoyaba una mano en una pared lateral y no la levantaba, tarde o temprano llegaría a la salida. Así lo había hecho en el dédalo y gracias a eso había llegado al centro. Ahora sólo debía escapar de Minos.
Minos era el guardián del laberinto, una gigantesa estatua que cobraba vida cuando alguien intentaba cruzar por su lado. Muchos habían intentado luchar contra él, pero era inútil, nadie sobrevívia a una lucha contra Minos. Era enorme y con un solo golpe derribaba al oponente. Otros habían intentado dialogar y engañarlo pero Minos no atendía a razones. La premisa era sencilla, si Minos despierta estás perdido.
Icaria se encontraba justo ante él, se sentó y pensó en cómo podía cruzar sin despertar a la gigantesca estatua que ocupaba todo el centro. Mientras esperaba, una paloma cruzó por encima del centro. Con un chirrido metálico Minos alzó una mano enorme y atrapó y al ave como si se tratara de una simple mosca. Icaria dió un respingo y descartó la posibilidad de cruzar por arriba.
Llevaba dos horas sentada en el suelo cabizbaja, segura de que jamás saldría de allí cuando algo llamó su atención: hormigas. Una hilera de hormigas que llevaban trocitos de hojas.
No hay plantas en el dédalo, pensó Icaria. Entonces se dió cuenta que las hormigas debían de traer comida del exterior. Sin hacer movimientos bruscos se puso en pie y empezó a seguir a las hormigas. Después de diez minutos llegó a una escalera disimulada con unas rocas que la bloqueaban. Sin hacer ruido las apartó una a una. Lo que le llevó casi dos horas más y una vez tuvo paso bajó por ellas.
Un paso subterraneo condujo a Icaria al otro lado del centro. Lo había conseguido, había esquivado a Minos.
Una hora más tarde consiguió llegar a la salida donde los sabios le preguntaron cómo había cruzado.
Icaria les explicó lo de la mano en la pared, las hormigas, las piedras y el paso.
Los sabios concluyeron que Icaria sería la primera mujer en gobernar Yrandel pues reunía el valor necesario, además de ser tenaz, humilde y paciente.
Y así fue como Icaria reinó durante 30 largos años en los que hizo florecer a Yrandel y la convirtió en una de las ciudades más importantes.
Pasados esos 30 años Aryan, hijo de Icaria se adentró al dédalo y se sometió al juicio de los sabios.

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