Un abrazo mi amor.
Cuánto tiempo había pasado? Un año, dos, más? Ya no recordaba cuánto hacía que no veía su sonrisa, ni cuánto hacía que no rozaba su piel, sus labios...Ella, siempre ella. Incluso aquí a años luz de ella, parecía que su presencia estaba en cada rincón, en cada esquina.
Se estaba volviendo loco, quizás, llevaba ya tres años viajando, orbitando alrededor del planeta con el fin de intentar crear una nueva civilización. Viajaba solo. Él lo quiso así. En un principio no quería participar en el proyecto, lo tenía todo. Era un científico de prestigio, se ganaba bien la vida lo tenía todo resuelto...pero entonces se cruzó con Ella.
No había visto jamás a una chica tan bella, morena de piel, el pelo azabache y grandes ojos oscuros que parecían mirar a través de su alma. Alayn.
Qué feliz que fue, y qué ciego. Todo el mundo le advirtió que no era más que una gran mentira, que habían visto a Alayn hacer lo mismo más de una vez que solo quería su dinero...pero él les ignoró. Hasta que un día lo vió, Alayn, su Alayn, colgada sonriendole a otro como le sonreía a él...qué ciego...
No dijo nada, no volvió a hablarle y ella tampoco le buscó. Ni un mensaje ni una palabra de despedida, nada. Aun así le parecía verla en cada esquina, en cada rincón. Así que se implicó en su proyecto y decidió embarcar, sólo.
Otros muchos embarcaron naves solos pero se relacionaban con las demás personas a través de las tecnologías o acoplando las naves para verse en persona. El proyecto era un éxito.
Pero él ya no formaba parte de el proyecto, se limitaba a observar y enviar informes, cada vez más espaciados pues la comunidad espacial había creado su propio diario que los científicos usaban para monitorizar los progresos de la sociedad. Ya no le necesitaban.
Nadie solicitaba nunca acoplarse a su nave, era una nave extraña y solitaria que flotaba alejada, mientras las demás flotaban en grupos simulando barriadas.
Allí, mirando al vacío a la nada, estaba por darse por vencido, ya lo tenía todo listo: la carta donde explicaba porque y la glock en la mesa, una bala.
El fantasma de Alayn seguía presente, no podía alejarse, no podía olvidarla.
Y entonces, la alarma de acoplamiento sonó.
Una nave se acercaba, alguien quería hablar con él.
Se arregló, escondió la nota y la glock. Abrió la puerta y una pequeña muchacha se presentó. De piel morena y ojos almendrados. Hablaron largo y tendido y cuando ella se fue se llevó también el fantasma de Alayn.

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