Una imagen con mucho que contar...a ti que te cuenta?
Un rumor de fondo contínuo. Metal. Cientos de miles de almas vacías pegadas a un dispositivo electrónico. Frío. Color gris. Miradas gachas. Así era Friedgard, la capital del imperio de Fitz I, soberano de todo el continente de Jumei, que ocupaba prácticamente dos tercios de la tierra, enfrentado al continente de Skald, enemigo acérrimo por la dominación y el poder.
En el colegio oficial de Kovalski, homologado por la administración imperial, en una classe enorme se concentraban 200 alumnos, un grupo de niños de ojos cansados y bocas rígidas que repetían al unisono una y otra vez los preceptos que les enseñaba la profesora: "El mayor sueño de un humano es ser útil a la sociedad. Hay que cumplir con el deber. Nunca detener la cadena. Nunca se debe cuestionar el mandato de las autoridades. Demos gracias a las comodidades que nos proporciona. El deber por delante del individuo..."
Esa tarde, 97430 regresaba a su cubículo en el sector 7, con su mirada inexpresiva, ajena a toda sensibilidad. Ya apenas hasta recordaba el nombre que su madre le puso, antes de que la "retirasen" por ir en contra de los intereses del imperio. Querer hacer creer a niños que deben anteponer su felicidad y cultivar ansias de explorar y descubrir nuevos mundos. ¡Qué tontería, no existe mayor felicidad ni verdad que la de nuestro emperador!
Jetla, Merta, Petra... ¿qué nombre le puso su madre? Bah, tanto da.
Pero mientras caminaba, se encontró con una anciana de ojos penetrantes. La anciana se detuvo delante de ella y le dijo "yo te conozco. Ven conmigo un momento, quiero que veas algo". La niña se sorprendió al ver a la anciana desconocida, pero algo en ella indicaba que debía seguirla. Caminaron durante unos 20 minutos y entraron a lo que parecía un piso/cubículo, pero tenía unas atípicas escaleras que descendían por debajo del suelo. Algo muy inusual para una ciudad tan diseñada al milímetro para que sea completamente simétrica.
Llegaron a una sala. ¡No era gris! Tenía las paredes de una curiosa textura rugosa, y de color amarronado. La anciana se acercó y le entregó un libro. Un libro... sólo los libros homologados por la administración imperial eran seguros y permitidos... aunque aquél libro no llevaba el sello imperial. "Niña, toma este libro. Este libro se llama El principito. Era el libro preferido de tu madre. Significaba mucho para ella, pues le enseñó a apreciar y valorar sus sentimientos, así como la belleza de la naturaleza, y a sentirse diferente, tener una identidad en este mundo masificado.".
97430 se sentía confusa ante estas palabras. No entendió muy bien que querían decir, aunque tomó el libro. "Tu nombre es Petra, querida. Tu madre quiso que lo llevaras con orgullo como la herencia más preciada que pudo darte antes de que la "retiraran". Petra. Petra. Así es como te llamas."
"Yo... Petra? Pero si soy 97430..."
"Y te parece un nombre bonito? Quisieron robarte el nombre antes de que nacieras, pero tu madre hizo todo lo que pudo para darte a ti, que eras lo que más quería, lo que te define como individuo diferente: un nombre y sueños por descubrir en un mundo ilimitado. Por favor Petra. Regresa a eso que llamas lugar de descanso y piensa sobre todo lo que te he explicado. Si deseas volver a recuperar tu identidad, tu pasado y, sobretodo, tu futuro, ven a verme".
Petra volvió muy pensativa al cubículo. Dentro del cubículo guardaba un pequeño peluche que su padre le regaló cuando era pequeña y un estuche de acuarelas que nunca había usado. Su padre... qué recuerdos de las nanas antes que también lo retiraran por ofender al imperio.
Pensó en las palabras de la anciana... la habían afectado muchísimo. Tanto que algo empezó a hervir dentro suyo. Tomó el estuche de acuarelas, y tachó su número del suelo mientras iba repitiendo y escribiendo su nombre constantemente: "¡Petra! ¡Petra! ¡Soy Petra!". En la ventana que daba hacia la grisácea calle empezó a reflejar allí con la pintura sus sueños y las imágenes de los cuentos que le explicaba su padre cuando ella era tan solo un bebé.
Había empezado el momento de recuperar la humanidad que le habían robado. Envolvió en la pequeña sábana que tenía su osito (al que decidió llamar Gizmo), sus pinturas de colores y salió del cubículo rumbo a visitar a la anciana. Quiero ser feliz y sonreír. Qué sensación más placentera y agradable en sonreír. ¡Quiero vivir en un mundo de sonrisas!
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