Monday, January 4, 2016

El hacedor de sueños

Un pequeño duendecillo o una extraño artilugio...que historia tendrá detrás?

Tres niños correteando pasan por delante del taller de Simeón. Uno de ellos se detiene a contemplar el escaparate desde fuera. Todos los estantes estaban decorados a modo de describir un universo fantástico para todos los jueguetes allí expuestos, figuras perfectamente talladas en madera de pino y coloreadas a mano: Un par de hadas verdes y orejas puntiagudas suspendida con un cordel en el techo cerca de lo que representaba un roble, dando vueltas como si tuviera vida propia; más a la derecha una casita de madera con una figura de un campesino hablando con un duendecillo enano sentado encima de una roca; en las ramas de los árboles tallados se podían apreciar figurinas de pájaros y minúsculas mariposas; y debajo, un centauro y su pareja bailaban cerca de un lago mientras un sátiro les tocaba una canción con su flauta (hasta se podían apreciar notas musicales talladas cerca de la flauta, ¡qué nivel de detalle!). Y escondido tras un árbol, un pequeño goblin que probablemente planeaba alguna travesura. ¡Qué gracioso!

La madre de uno de los chavales le contó que en el pueblo había una carpintería en el que los objetos inanimados tomaban vida. ¿Se referiría su madre al taller de Simeón?

En una esquina, había una figura que les llamó especialmente la atención: era un portavelas con forma de duendecillo. Estaba fumando una especie de pipa y estaba sentado sobre... ¿lo que parecía una casa? Era muy curioso.

En ese momento salió de la tienda Simeón con la escoba para barrer la entrada. Vió a los niños contemplando el escaparate y, con una sonrisa, se acercó a ellos "¿os gustan? Todas ellas las he tallado y pintado yo. Desde bien pequeño que soñé en vivir en un mundo fantástico llenos de criaturas místicas, en pleno contacto con la naturaleza, donde todos los seres interactúan los unos con los otros en perfecta armonía. Le preguntaba a mi padre una y otra vez como llegar a los mundos que describían los libros que leía. No existían, decía, que dejara de perder el tiempo. Pues mira por donde, sí existe ese mundo, decidí crearlo yo mismo. Este taller, este mundo que he creado, es el mayor de mis orgullos, y todas las criaturas a las que he dado vida les he enseñado el valor que tiene ver mundo. Y por ello nada me hace más feliz cuando algún niño como vosotros se lleva alguno a vivir experiencias nuevas."

Los tres niños quedaron prácticamente hipnotizados con la historia del mundo creado por Simeón. Nunca habían estado en aquél lugar. "Ahhhh veo que te has fijado en el pequeño Tupak. A veces es un tanto cascarrabias, pero es el más sabio de todos los seres que habitan el bosque Mítago. Ha vivido más de 300 años. ¿Veis donde está sentado fumando su pipa de hierbas aromáticas? Es su casa. Os preguntaréis, sorprendido, que como puede ser su casa, si no cabe en ella. Pues durante su infancia, Tupak siempre mostró interés por la magia, y aprendió a cambiar de tamaño a voluntad. Con una casa pequeñita, podría vivir en algún lugar discreto sin ser estorbado. Dentro de la casita tiene una enooooooorme biblioteca que se pasa el día leyendo. Es un tipo increíble. Aunque le tengo dicho que debería salir algo más a menudo y conocer algo más que no sean sus libros."

Simeón hizo una breve pausa, y les dijo "¿Ya sé, queréis pasar a dentro del taller? Hay aún más mundo por descubrir dentro. Que no os engañen las apariencias; cuando no los miráis, cobran vida todos ellos. Cada uno de ellos tiene una personalidad definida, un sinfín de historias únicas a vivir. ¡Os invito a vivir conmigo algunas de ellas!".

Y dicho esto, los tres niños y Simeón entraron en la tienda. Paredes, techo, suelo... todo destilaba fantasía. Atravesar aquella puerta había sido como cruzar un túnel a una nueva dimensión. El pequeño Tupak contemplaba desde su estante a todos ellos. Hizo una calada más a su pipa y volvió a mirar enfrente.

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