Un abrazo muy fuerte,
Rydra
Eliza nunca había oído hablar de los libros. Había nacido como todos sus compañeros en la edad postliterata.
En la edad postliterata no había relatos, no había novelas, no había literatura. La lectura y la escritura se limitaban a efectos prácticos, no era artístico.
Eliza fue criada por sus padres en casa, como cualquier niño de su edad Eliza tenía todos los videojuegos que quería. Tres enormes pantallas recubrían casi la totalidad de las paredes de su habitación y un equipo de sonido envolvente la aislaba del mundo exterior.
Eliza era una niña feliz con una família feliz. Cuando murió su abuelo Eliza lloró. Quería mucho a su abuelo él siempre había sido especial para ella, con todas esas historias sobre poemas, libros y palabras bonitas.
Siempre que el abuelo hablaba sobre libros, los padres de Eliza miraban nerviosos a otro lado.
La literatura estaba prohibida desde hacía años por considerarse innecesaria, aunque los rebeldes, aquellos que aun a riesgo de ser encarcelados seguían leyendo, decían que era porque la literatura era incendiaria y es más facil gobernar ovejas que pensadores.
El día que murió su abuelo Eliza recibió un sobre. Dentro una pequeña llave dorada con unas alas gravadas. En el sobre también había una nota firmada por au abuelo: los libros son alas de papel, vuela Eliza.
Eliza examinó la pequeña llave, en casa había una puerta que jamás se había abierto. No desde que sus padres se mudaron. La casa había sido siempre propiedad de la família.
Esa noche Eliza esperó a que sus padres durmiesen y bajó a la puerta. No tenía nada de especial, era una puerta más. Simplemente jamás se había abierto desde que ella tenía memoria.
Con una mano temblorosa alcanzó el picaporte, cerrada. Por alguna razón debía comprobarlo, jamás se había acercado a aquella puerta antes, sus padres siempre la mantuvieron lejos y nunca dejaron que alcanzase el picaporte.
Suspiró, buscó la pequeña llave dorada en el bolsillo de su pijama. Metió la llave en la cerradura. Encajaba. La giró. La cerradura hizo clac y la puerta se abrió.
Eliza enfocó la pequeña linterna que llevaba al interior de la habitación, jamás había visto algo así...estanterias repletas de libros hasta el techo...por un momento pensó en echarse a correr y llamar a la polícia pero por el otro...vuela Eliza...
Alcanzó una de las estanterías y vió un pequeño libro rojo: Platero y Yo.
Empezó a leer,
Platero es pequeño, menudo, suave, tan blando por fuera que se diría que es todo de algodón que no tiene huesos...
Al cabo de dos horas Eliza seguía leyendo en el mismo sitio y cuando por fin acabó se descubrió a si misma llorando por la muerte de Platero.
Seré estúpida...llorar por algo que ni siquiera existe, se dijo. Pero Platero había sido real mientras lo había leído...cómo era posible.
Durante toda la noche Eliza leyó y leyó, fue capitana junto Ahab y persiguió a la ballena blanca; fue perseguida por el lobo feroz en la historia de Perrault; viajó al centro de la tierra con Verne; descubrió mundos más allá del Sol. Vivió mil y una noches con Sherezade.
Eliza contempló todos los mundos que se abrían a su alrededor, todas las vidas que podía vivir, todo lo que podía aprender.
Sobresaltada miró el reloj. Faltaba media hora para que sonase su despertador y empezar un día más.
Eliza salió de la biblioteca a toda prisa, cerró con llave y se la colgó en una cadena al cuello. Volvió a su habitación justo a tiempo para meterse en la cama y parar el despertador.
Empezaba un día como cualquier otro, pero ella ya no era como los demás.
Ahora tenía alas.
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