Aquí te dejo una imagen, me gusta porque se contrasta la era de los samurais con la civilacion moderna al fondo...a ver que se te ocurre...
Te quiero
Besos, Annie
Motoyama era un antiguo guerrero caído de la era Edo, cuyo espíritu decidió retirarse en el templo Hishi. Durante la guerra, prometió a su hermano, moribundo, antiguo sacerdote del templo, que protegería de su hogar y prestaría servicio al Dios del templo, el Dios dragón Ryu. Poco después de aquella promesa, él también moriría en la batalla, pero no estaba dispuesto a deshonrar esa promesa aún más allá de la vida.
En el jardín del templo había un precioso cerezo de vivas hojas. Cuando llegaba el buen tiempo, florecía con muchísima intensidad, creando una vista única. El espíritu de Motoyama se encaramaba a las ramas del cerezo todos los días para contemplar tanto el atardecer, como el paso del eterno tiempo con la mirada fija en la aldea del valle.
Esporádicamente, el Dios Ryu aparecía en el templo ante Motoyama para tomarse un baño en el lago de aguas termales que acompañaba al templo, mientras él se encontraba sentado en las ramas del árbol. A pesar de que era un espíritu humano, la curiosidad del Dios dragón había quedado cautivado con las profundas reflexiones que el nuevo sacerdote, allí sentado todas las tardes con la mirada vacía.
"Mi buen amigo Motoyama. Pocos son los espíritus de este mundo que se han ganado el respeto de los dioses. Escuchar tus meditaciones, sentir tu proceso de descubrimiento interior, tus reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro... me hacen plantear a mí mismo cuestiones sobre el mundo de los dioses. Pero no he dejado nunca de preguntarme... ¿Por qué? ¿Cómo es que no faltas ni un solo día a tu encuentro con este cerezo?"
Motoyama cerró los ojos por un instante, inhaló una profunda bocanada de aire y contestó: "Mi honorable amigo Ryu... ya llevo algunos siglos guardando este templo. En todo este tiempo, mirando hacia la aldea, he podido observar como han ido evolucionando los humanos. He visto épocas de esplandor, épocas de oscuridad; he visto vida, he visto muerte... los humanos son extraordinarios, no dejan de sorprenderme y me hacen cuestionar hasta donde pueden llegar. Sin embargo, a pesar que van creando una sociedad cada vez más igualitaria y avanzada, progresivamente se van desnaturalizando. Olvidan sus raíces, olvidan que deben aprender a conocerse a sí mismos, olvidan aprender de sus congéneres, arrasan bosques indiscriminadamente en pro de la evolución, sin darse cuenta que aquello que ahora mismo están destruyendo es precisamente aquello que les ha llevado hasta aquí."
El dragón observaba al espíritu con atención mientras se giraba un poco para remojar sus alas "Entiendo tu preocupación. Aún así, como bien has aprendido en este lado de la vida, existe un equilibrio latente en el universo, una estabilidad imperturbable. Tarde o temprano la vida debe volver a sus orígenes".
"Lo sé. Aún así, lo que más temo es que todo lo que hemos logrado en milenios, todo el conocimiento... se pierda en el vacío por mera inconsciencia. Los humanos son increíbles, pero en muchísimos aspectos... tienen que evolucionar como raza. A una raza en la que no solo se compartan objetos materiales, sinó en una raza que sepa compartir la alegría, el dolor, la felicidad, una raza que tenga la capacidad de poder entrar en comunión con la naturaleza, ser uno con ella, y vivir en perfecta armonía y equilibrio, por el bien común."
El sol se iba poniendo mientras ambos seguían perfilando el mundo. Cuando se puso el sol, Motoyama se subió a lomos de Ryu para volver al mundo de los dioses. "Mañana regresaré al templo, creo que tengo algo de zumo de rosas silvestres, que sé que te encanta. Acércate a darte otro baño mañana, Ryu, y seguimos hablando."
Dicho esto, Ryu desplegó sus alas y se propulsaron hacia el horizonte. Mero espectador, pero y qué espectador pensó el dragón. Quizás debería fijarme en los pequeños detalles del tiempo.
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