Una noche por una calle de tokio casi desierta...todo cerrado o casi todo? Algun rincon especial que visitar o algo que descubrir...que se te ocurre?😘
Era un viaje de ensueño. Nuestra pareja, después de arduos e intensos días en occidente, decidieron tomarse unas vacaciones para descansar y sumergirse en una de las culturas que más misterio desprendía: la japonesa. Tres semanas en los que podrían tener una experiencia única en un mundo completamente nuevo.
Desde el hotel en Kyoto, salieron a pasear. La ciudad destilaba un intenso ambiente a tradición milenaria. Los acabados en pizarra y madera de los edificios, las estrechas calles rebosantes de detalles y de vida, los farolillos y mensajes con buenos deseos a los dioses. Y cómo olvidar los templos, lugares silenciosos envueltos de naturaleza tal que parecía como si una voz te invitara a entrar y meditar en absoluta paz.
¿Pero qué es una experiencia extranjera sin contactar con los locales? Mientras paseaban en busca de algún lugar para comer, encontraron a un señor que tendría unos cincuenta años cargando lo que parecían unas cajas pesadas, sin ningún tipo de ayuda, dentro de su hogar. Se le veía fatigado y con dolores en la espalda. Y haciendo gala de buena educación, preguntaron al hombre si podían ayudarle, a lo que el hombre, con una sonrisa en la cara, asintió.
Así pues, entre los tres terminaron de entrar las cajas al hogar en un santiamén. La casa era sencilla y emcantadora a la vez, con paredes de papel estampados con figuras que recordaban animales mitológicos y ambientada con juegos y tonos de luces que daban un aspecto profundo, intenso y misterioso al lugar. Y detrás se podía ver un pequeño patio con jardín donde el hombre cultivaba plantas, bonsáis y flores.
El hombre, agradecido, quiso invitar a nuestra pareja a cenar en agradecimiento. En un principio declinaron la oferta, pero dado que se estaba haciendo tarde y que ésta podría ser una gran oportunidad para acercarse a la gente del lugar, cambiaron su parecer y decidieron aceptar la invitación del amable dueño.
Mientras cenaron pescado y bolas del arroz, el dueño, llamado Yakusono y pescador de profesión, les introdujo al nacimiento y la historia de Kyoto y les hizo diversas sugerencias a los turistas para que pudieran aprovechar al máximo su estancia. Al hombre le gustaba salir a pasear de noche antes de ir a dormir, e invitó a la pareja a que le siguieran para enseñarles la pagoda de la ciudad. Ya había caído plena noche, y las calles, con sus farolillos de diversos colores encendidos, semejaba a una danza entre espíritus para acompañarles a su paso.
Se despidieron del hombre muy agradecidos por su hospitalidad y regresaron al hotel para mañana poder disfrutar de un nuevo día con energía. La pareja se acostó con una amplia sonrisa, se miraron fijamente, charlaron sobre el día que habían tenido hoy y, fundidos en un abrazo profundo con un beso, quedaron profundamente dormidos.
Dejemos que la magia de Japón haga el resto.
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